miércoles, junio 05, 2013

LA VIGENCIA DE UN MAESTRO

En estos tiempos de crisis (de todo tipo), de asambleas y suspensiones de actividades, en que surgen a su vez todo tipo de anhelos, reclamos, inquietudes y angustias sobre nuestro futuro individual (como alumnos y profesores) y colectivo (como Escuela) es sorprendente (pero no tanto) la actualidad que adquieren las palabras (escritas) de Don Pablo. Son las palabras de alguien que sabía (porque lo había descubierto) que las cosas (y la vida), para tener sentido, deben tener dirección. Los invito cordialmente a leer y reflexionar sobre estas palabras que están escritas. ESCRITAS para que no quepan dudas de su posición, sin eufemismos ni dilaciones (ni nada que empañe el sentido de lo que se quiere decir). Escritas para que no se las lleve el viento del tiempo (y eso es OTRA lección).
Don pablo fue lo último bueno que le sucedió a nuestra Escuela.


A los estudiantes de arquitectura de la Universidad de Valparaíso (Pablo Mondragón – 1989)

La suspensión del examen de un Proyecto de Título durante su realización, la suspensión del juicio por parte del tribunal y la exigencia de complementarlo con un estudio relativo a su realización material, ha provocado, en los más ávidos estudiantes de esta Escuela, el nacimiento de dudas e inquietudes. 0 mejor dicho, las ha reanimado, ya que no son otras que el preguntarse por su propia razón de ser, por el sentido de ser estudiantes de arquitectura. Y dudas e inquietudes generan inseguridad, incluso temores.

Quieren tener claridad, así me lo han manifestado, acerca de los objetivos de la enseñanza que reciben, quieren tener claridad acerca de qué se persigue en un Proyecto de Título, claridad acerca de la arquitectura misma.

Y quieren saber cuál es la posición, cuáles los pensamientos que al respecto tiene la Escuela.

Pero la Escuela es una institución y las instituciones no tienen pensamientos. Su Dirección, sí que los tiene, y dirección es hacia dónde apunta la flecha. Dirección es autoridad que dirige, que tiene la obligación de señalar adonde ha de apuntar la flecha, y dirección también es el propio lugar al que se va, el blanco mismo. Es adonde nos dirigimos, a dónde queremos ir.
Y tal vez… tal vez más que una posición, más que un lugar, más que una adhesión a una manera de pensamiento, a una determinada filosofía o estética, la dirección de la Escuela tiene una visión.

Y pienso que es mi deber tratar de aclarar cual sea, esta dirección a la que nos dirigimos. Cuál sea esta visión.

Es así que se nos ha preguntado a los profesores de esta Escuela, ¿qué arquitecto es el que aquí se quiere formar? Un arquitecto que reúna qué cualidades, cuales condiciones? Porque si supiéramos eso, sabríamos qué y como se debe enseñar, qué y como se puede exigir.

Confieso que no me gusta exponer así la situación. No solo por desconfiar de los juicios deductivos. Tampoco me agrada el símil fabril, o mercantil, que piensa en el egresado como el producto de la Escuela y que cree poder darle, o imponerle, la impronta, el molde que se desee. Como preguntando, ¿con sabor a qué?

Por eso decía que la Escuela no tiene planteamientos, aunque sus miembros sí los tienen, y aunque sí tenga una dirección. Cuando las instituciones tienen doctrinas a las que hay que atenerse, éstas se llaman dogmas. Y nuestra Escuela rechaza los dogmas.

Porque quiere retomar el sentido que le quiso dar Bello a la Universidad: un centro de estudios superiores. Centro de estudios, más que de enseñanza.

Búsqueda de la verdad, mas que su extensión.

No nos sentimos dueños de la verdad. La buscamos.

Papel modesto, que asumimos con altanería.

Verdad, que en arte se llama creación. Porque en el arte la verdad se inventa.

Y la verdad, la creatividad, no se recibe de la Escuela como una dadiva, ni como un premio. En rigor no se recibe. No es algo que la Escuela dé. Se arrebata. Es un trofeo de lucha. De lucha interna sobre todo.

A la Escuela no se viene a aprender, se viene a formar.

La Escuela no enseña, forma.

Y forma en arquitectura…

Y la arquitectura, nos lo dice su historia, es, en cada momento, lo que ha llegado a ser. Y será lo que la hagamos ser. Y nos formamos en arquitectura cuando la conformamos.

Y formarnos es darnos forma.

Es esculpirnos. No es amoldarnos. Es así que habremos de descubrir cómo somos.

Y es el objetivo de los profesores no imponernos una forma, sino ayudarnos a desarrollar la nuestra. Cada árbol crece según su forma. Nada más ridículo que los setos recortados.

Sí, Es cierto. En la Escuela se enseñan y aprenden cosas. Y esas cosas son el uso del cincel y el martillo. Para, cincelarnos.
Ciertamente no creemos en el autodidacta: nos formamos en el diálogo, en la lucha.

Esta es la primera visión:

El objetivo de la Escuela no es enseñarnos arquitectura. Es hacernos arquitectos.

Y nos lo hacemos, haciendo la arquitectura.

También se nos ha preguntado por la razón de ser y sentido del Proyecto de Título.

¿Por qué se exige? ¿No basta con aprobar todas y cada una de las múltiples asignaturas que incluye el Plan de Estudios?

El Proyecto de Título es muestra, es obra maestra, es actividad de la Escuela.

No sabemos su origen. La obra maestra de las antiguas corporaciones es solo su mas conocida forma histórica, pero debe haber nacido muchas veces y en muchos pueblos.

Es la demostración de un saber. Es la muestra de una capacidad. No es la exhibición de un trabajo, sino de un valor, de un ser. No se muestra una obra, se muestra un arquitecto.

No es mostrar que se ha aprendido todo lo que en la Escuela se enseña en cada asignatura, que se ha aprendido la arquitectura. Es mostrar que se ha formado arquitecto. Que se ha devenido arquitecto.

Y sobre todo, mostrar qué manera de arquitecto se es, o se ha llegado a ser.

La Escuela requiere saber qué manera de arquitectos son los que aquí se forman, ya que se han formado en el diálogo, porque la Escuela, eso sí, es organismo vivo, y como tal, en permanente evolución. Evolución gobernada por el propio resultado, y cada alumno, al recibir su título, la modifica en algo.

Si los grados académicos dan testimonio de un saber, de un nivel de conocimiento, los títulos dan testimonio de una capacidad de actuar. Al dar un título profesional, la Universidad dice a la sociedad que puede confiar a ese hombre sus problemas, porque ese hombre ha dado la muestra de poder asumir tal responsabilidad.

Pero se muestra que se es arquitecto, enseñando un proyecto, proyecto que es nuestra obra maestra.
Y, sin embargo…

Ocurre, sin embargo, que, y nunca lo recalcaremos suficientemente, la obra del arquitecto no es el proyecto. El arquitecto no es el que hace los proyectos de las obras, es el autor de las obras mismas. La obra del arquitecto no es el diseño, el dibujo (disegno = dibujo), como llamaron los renacentistas al proyecto, así como la partitura no es la sinfonía.

Este hecho es de la mayor trascendencia, y su incomprensión de las más graves consecuencias: lo que el tribunal juzga en el examen de título no es el proyecto. A su través juzga la obra. Como el músico avezado, que al estudiar la partitura puede dar cuenta de los sonidos. Se juzga una obra y no una proposición de obra.

Y, a través de la obra a su autor.

Y, aunque hay una evaluación, una ponderación, no se pretende pesar con la balanza del comerciante, escatimando el precio. No es una transacción. Lo fundamental no es la exacta medida, sino la decisión del jurado: es una obra de arquitectura.

Porque, quiero insistir, el examen es actividad escolar. Y la Escuela es dialogo. Y el examen, es por tanto, diálogo. Es por tanto, aún formación. Y en este dialogo participa la Escuela en pleno. Profesores y alumnos. Es ceremonia.
Y es diálogo de verdad.

Decía que es una muestra, pero que no es la simple exhibición de un objeto. Es, en rigor, como la ‘alternativa” del torero. La maestría, el título de espada, se adquiere lidiando, en la arena, enfrentando al toro. Es una muestra. Es demostración de capacidad. Pero es una acción en un tiempo dado, con un ritmo, un rito, un ceremonial.

El examen de título es un diálogo, un rito, un acto, y el alumno su actor. Tiene un ritmo y un momento.

Y su juicio no es la fría tasación de un objeto. Es un diálogo, que tiene su momento. Y por eso su fallo es inmediato. Porque es un acto de la Escuela.

Es por eso, también, que es el estudiante quien coloca las condiciones, y quien asume la total responsabilidad de su obra.

Esa obra que somete a juicio de la Facultad.

Porque la Facultad, que es la Universidad, es quien juzga el proyecto, juzga al estudiante, y juzga el diálogo sostenido en la Escuela. Y es quien juzga si el alumno está realmente conformado. Conformado como arquitecto.

Esa es la trascendencia del examen de titulo. El acto mas importante de la vida del arquitecto.

Porque el examen, que es muestra, que es mostrarse, representa asumir la responsabilidad de ser arquitecto.

Y se nos pregunta también por la obra del arquitecto.

Pocos días atrás, en el Taller, al corregir un proyecto, le decía a una alumna:

La torre de Eiffel ¿te parece importante como obra de arquitectura, o de ingeniería?
- De ingeniería.

¿y Notre Dame de París?
- De arquitectura.

No, le repliqué. Estas equivocada. La torre de Eiffel es creación espacial. Da sentido a todo el lugar circundante. Organiza lo urbano. Es el hito por excelencia. Ciertamente es arquitectura.

Notre Dame es también por cierto una creación de alta ingeniería. ¿0 no crees que sostener cientos de toneladas de piedra a 35 metros por sobre nuestras cabezas sea un triunfo de la ingeniería?

Y la torre de Eiffel sin sus fierros es nada. Y Notre Dame sin su espíritu tampoco.

La verdad es que el problema es falso. Está mal planteado. No tiene sentido.

Ya lo dijimos: la obra del arquitecto no es el proyecto. No es la idea, ni el programa, ni el fundamento, ni la intención, ni la forma, siquiera. Es la obra material.

Así como no es arquitectura la mera construcción, tampoco es arquitectura la mera intencionalidad.

No aceptamos, no podemos hacerlo, no queremos aceptar la disyuntiva espíritu-construcción.

No aceptamos que la arquitectura oscile entre la técnica y la poesía: tanto mas de una, menos de la otra, y no caeremos en el equívoco de afirmar una a expensas de la otra. Y menos diremos que el arquitecto es el que mantiene el equilibrio entre ambas.

Jamás en el mundo, hasta hoy, se pudo creer en semejante cosa.

No existe, no ha existido nunca un gran arquitecto que no lo sea por su obra real, concreta, que no tenga el dominio de sus medios.

Es cierto que no todos tienen la maestría de Gaudí, Wright o Mies, creadores de formas, creadores de espacios, creadores de estructuras….
No existe obra de arquitectura, de real arquitectura que no suponga la conquista, el triunfo sobre la materia, que es obligada a ponerse al servicio de la idea, que la domina. Que no otra cosa es la técnica.

Es imposible la creación sin el dominio de sus medios.

Así pues, rechazamos la creencia en dos polos extremos, o contrarios, que puedan significar la exclusión mutua.

Por el contrario afirmamos ambos simultáneamente. Y creemos que se nutren uno del otro. 0 mejor dicho, negamos que existan. No hay música sin sonidos.

No aceptamos una división del trabajo que se traduzca en la alienación del arquitecto y su obra. En la que él se contente con proveer la “idea” o el modelo.

No aceptamos las visiones simplistas, unilaterales, de la arquitectura. No aceptamos afirmaciones como: arquitectura = construcción, o arquitectura = comunicación, o arquitectura = conformación espacial, o arquitectura = sensibilizar el espacio, etc. etc.

Todo ello es esquizofrénico. Divide el mundo en atroz dicotomía.

Y esta es otra visión:

Creemos en el hombre. En el hombre con cuerpo y alma. Materia y espíritu.

Pablo Mondragón García de las Bayonas
DIRECTOR

VALPARAÍSO, 7 de julio de 1989

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